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Mi historia personal con la enfermedad mental

Recuerdo que, cuando tenía unos once años, pedía permiso para ir a la biblioteca municipal.

Una vez ahí, me perdía en los estantes y corredores, y olvidaba el tiempo, hasta que se hacía demasiado tarde.

Me dejaba llevar por la curiosidad, una sed de saber, de comprender me impulsaba.

Trazaba con la atención una suerte de línea, lomo por lomo, letra por letra, con deleite, iba escogiendo los títulos más tentadores, magnéticamente,  mi mirada parecía dejar rastro, con una urgencia de hambre. Y raramente me volvía para el estante dejado atrás. Con mi cosecha me retiraba a la mesa gris y alargada como el que atesora un botín.

Durante un tiempo, mi sección favorita fue la de psicología y psiquiatría. Me parecía tan misteriosa la mente, las emociones humanas, incluso las animales, la llamada etología, que estudia el comportamiento animal, aunque, en realidad, sea más parecida a la “antropología” de los animales.

“Un día las voces callaron” era el título del relato de una mujer que superó la esquizofrenia. La palabra “esquizofrenia”…los términos mismos me fascinaban.

Imaginaba la época de Freud, como un cuarto tenebroso con sus pacientes, y él, alto y con un sombrero de copa, siempre en la oscuridad…

Coincidía mi interés misteriosamente, con que mi amado padre y mi maravillosa y adorada tía atravesaban fases psicóticas en sus biografías, mi padre sin diagnosticar, todavía.

¿Era demasiado joven para entender?

Tenía sed, tenía un hambre voraz, por devorar aquellas mentes fascinantes, virtuosas, ejemplares y talentosas, que eran mis seres más queridos, y que aparentemente, según el juicio más ordinario, parecían “taradas”.

Me parecía un misterio.

Los libros más interesantes, o aquellos que me hablaban de mis dos seres queridos, eran llevados a casa, donde mi madre los fotocopiaba, sin preguntarme porqué, y yo los subrayaba y guardaba en un cajón.

Llegó el día, en que, ante uno de esos episodios, abrí mi boquita para dejar salir unas palabras que antes no me pertenecían, sino que eran propias del mundo de los libros que leía; “Papá tiene un transtorno bipolar”, se las dije a mi madre, estábamos en el salón, recuerdo que lo dije bajito, y que me sonaron entre extrañas y rígidas y a su vez, de algún modo, certeras.

Mi madre se quedo plantada, y luego me llevó a la habitación, abrí el cajón que los contenía, busqué de entre líneas las frases que había destacado, y encontré aquellas que coincidían con mi papá. Mi madre, paciente y sorprendida, se sentó en la cama a mi lado, con el libro en el regazo y leyó con asombro.

Recuerdo que se llevó el libro y que lo fue mostrando a otras personas. Como quien encontró una clave, un señuelo, que le ayudaba a hacer comprender a los demás lo que estaba pasando en casa, por fin podía ponerle palabras.

A mis ojos era como una escena de teatro, todos muy serios, mi madre siempre muy silente y observante. Yo como ajena a lo que ocurría y a la vez diseccionando, desmigando cada palabra, cada gesto de él. Mi padre, cómo no os podréis imaginar, tan locuaz, tan virtuoso, y a la vez tan asombrosamente alejado de las realidades de sus seres queridos…

Era todo un teatro. Un teatro muy emocionante al cual todos estábamos adictos, enganchados, como fascinados y encantados por un extraño magnetismo. Sin poder discernir, sin dar respuesta, sin entender o poder descifrar lo que ocurría.

Mi padre sufría de un trastorno bipolar, y hasta hoy me cuesta decirlo. ¡Qué fuerza tienen estas palabras!, entonces no podía anticipar que aquella fórmula pronunciada por primera vez, se convertiría en un lema que ha determinado el papel de mi padre en mi vida y en la de todos los que le conocían.

El hechizo bajo el que estábamos se rompió demasiado bruscamente, a partir de que la fórmula empezó a ser pronunciada más y más veces, por otros ajenos, por otros señores médicos, y especialmente doloroso, por otros que la pronunciaron con desprecio, “tiene un transtorno bipolar”. Se convirtió pues en la fórmula que con todas mis fuerzas hubiera preferido dejar  en el cajón de los libros, en el territorio de los textos de psiquiatría.

Se rompió las escena del teatro como un espejo que se quiebra, y tras el cual no hay nada más que un desván polvoriento, por mucho tiempo olvidado.

Abandonamos el hogar, y allí quedó mi amado padre, en el delirio y en la escena más dramática que jamás le hubiese visto. Se hundía, se ahogaba en la epopeya.

Y las plantas del amado jardín crecieron y se comieron la luz, y la casa quedó como expectante, viendo a su ser querido retorcerse.

A veces yo cogía la bicicleta y volvía a la casa mientras él dormía, la palpaba, cogía algún objeto que me recordara a cuando estábamos juntos, intentaba rescatar algo de aquel cuento mágico que había sido mi infancia a su lado.

Mi madre, quedó desolada, no pronuncié la fórmula “depresión” aunque sabía perfectamente que lo era, por miedo a que se desencadenara de nuevo un cataclismo como el anterior.

Pronto mi papá ingresó en el psiquiátrico, y desde que le cayó esta etiqueta, entra y sale de ahí sin que nada ni nadie consiga cambiar o romper el hechizo, resolver el enigma.

Mi adolescencia transcurrió a partir de aquello como una asfixia, implacable y árida.

Y al llegar ante la pregunta “¿A qué te quieres dedicar?” escogí la Facultad de Psicología.

Esta facultad nunca la obtuve, no la conseguí. Una infinitud de cajones y de categorías se desplegaban ante mí durante las largas horas de clase. En cada categoría formulas y más fórmulas, con términos enlazadas, pero no había rastro de las respuestas a lo ocurrido.

De haber podido cambiar algo gracias a esas palabras lo habría hecho, con valor, pero no hubo puertas que, con llave en mano, dieran acceso a nuestra relación. A su mente a su corazón y el mío.

No conseguí entrar más cerca de él, ni de lo que ocurría y  no pude continuar, por miedo, por frío, no lo se. Abandoné la facultad.

Sin embrago, la vida nos reserva siempre sus juegos y estrategias. Sigue subyacente y subterráneamente trazando, con rastro de oro, incontables procesos que conducen a la comprensión, la madurez de quien la sigue. Solo hacía falta observarlos para darme cuenta.

Años más tarde he entrado a estudiar en el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, una institución de formación en salud mental, pero esta vez sí,  las palabras que me forman son abrientes, llenas de corazón, compasivas y a la vez certeras. Porque para entender la psique humana hace falta escuchar el cuerpo, hacer falta saber mirarse como persona que aborda esa situación, hace falta atender las más finas consideraciones… mi interpretación es que este Instituto, dirigido por dos grandes mujeres, aporta una perspectiva femenina del conocimiento, frente al paradigma universitario que hunde sus raíces en el sistema patriarcal.

Esta perspectiva desde lo femenino, brinda llaves que abren puertas y conducen a relatos que no dan vértigo, frío y malestar, que no dan sentimiento de culpa. Sino que ayudan a nombrar y a comprender la salud y la enfermedad mental como algo humano, con comprensión de unas circunstancias, fruto de hechos que a veces poco o nada son responsabilidad de quienes manifiestan esos síntomas.

Que estas enfermedades, muchas veces son causa de algo que no sabemos hacer bien como sociedad, como familia, como individuos. Que las personas tan sensibles que las padecen son como catalizadores de aquello a lo que no estamos a la altura.

Porque las personas somos con nuestras circunstancias, y por tanto, para modificarlas hacen falta nada más y nada menos que las cualidades más altas del ser humano; madurez, ponderación, paciencia, perseverancia, respeto.

Solo así estaremos a la altura de apaciguar el sufrimiento de las personas que padecen la enfermedad mental, y como en el libro “Un día las voces callaron” yo confío en que todas ellas son reversibles.